Faltan pocos días para que los líderes del mundo se reúnan en la capital danesa para hablar del cambio climático. No ha faltado retórica por parte de nuestros dirigentes, pero la crisis económica parece haber sido más devastadora que cualquier huracán.
Hace ya más de veinte años que se negocio el llamado Protocolo de Montreal, diseñado para proteger la capa de ozono y quizá el único acuerdo medioambiental que ha surtido algún efecto. Pero en aquel año de 1987, la economía estadounidense llevaba cinco años consecutivos de crecimiento, no como hoy…
Es difícil ver a Barack Obama, con su Premio Nobel de la Paz a rastras, convenciendo a suficientes congresistas de su propio partido para que acepten una reducción drástica de emisiones menos de un año antes de las próximas elecciones al Congreso. Lo que ofrece Obama, un recorte del 17% en emisiones de CO2 para el año 2020 con respecto al 2005, engaña a pocos: es más o menos una cuarta parte de lo que se ofrece desde la Unión Europea, que calcula las emisiones desde 1990 y puede pasar a ofrecer un recorte del 30 % en Copenhague.
Por mucho que los europeos nos sintamos moralmente superiores, nuestra propia postura en Copenhague también viene dictada por consideraciones económicas. Pero no solamente está la crisis, que nos ha hecho olvidar un poco lo del efecto invernadero. Aunque Stavros Dimas, nuestro Comisario de Medio Ambiente, afirme con orgullo que Europa ‘va a cumplir de sobra’ con sus compromisos de Kioto, la verdad es que en la Unión todos somos verdes. Algunos somos más verdes que otros, eso sí. El llamado ‘reparto de la carga’ se aprobó en 2002 por el Consejo para acomodar a los nuevos Estados Miembros; es decir, aquellos con menor grado de desarrollo.
El mayor problema al que nos enfrentamos en Copenhague (y en los años siguientes) no es la crisis, que sin duda será pasajera, sino el argumento que usan dos de las principales potencias contaminantes (India y China) para eximirse de un acuerdo: el bajo nivel de desarrollo. Por desgracia, en Europa y en EEUU somos reacios a comprometernos (con dinero) para para combatir el cambio climático en el tercer mundo.


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